Descripción
¿Amores imposibles o pasatiempos pasajeros?

Soy hijo del psicoanálisis.

Es en serio, mi padre es un psiquiatra empedernido, que nunca dudó ni un segundo en utilizar todo su arsenal de conocimientos para criar a su familia. Como si no hubiera sido lo suficientemente difícil crecer en un ambiente en el cuál uno —y sus respectivas acciones— estaban en constante escrutinio por los juiciosos ojos de un amante de Freud, buscar ayuda de este tipo fue toda una monserga en su momento. En mi caso, tuve que hacerlo, a escondidas de él, con una de sus antiguas alumnas y, aunque doloroso, ha resultado ser un proceso muy gratificante.

Creo que tarde o temprano todo el mundo necesita algún tipo de terapia en su vida.Sin importar las razones, es importante enfrentarse a sí mismo y analizar eso, sea lo que sea, que no nos deja crecer como individuos y nos ata a paradigmas que cada día son más difíciles de romper. No estoy casado a ninguna escuela o técnica y estoy seguro de que hay una forma de catarsis y autocontemplación para cualquier personalidad. Desde un chamán hasta un médico, todas son válidas.

Probablemente la principal lección que me dieron los de seis años que visité, una vez a la semana, el consultorio de mi psicóloga, fue darme la claridad para percibir cómo era en realidad el mundo. En terapia no hay manera de engañarse a uno mismo —además es muy caro para hacerlo— y el reto se vuelve en aceptar las limitaciones para aprender a vivir con ellas.

Trataré de ejemplificar lo anterior con algo que a más de una persona le ha pasado. En aquel entonces, cuando asistía a mis primeras sesiones, perseguía a una chica con la que trabajaba. Lo nuestro había empezado en una amistad como cualquier otra, pero pronto nos dimos cuenta de que poseíamos afinidades que eran demasiadas para ser pasadas desapercibidas. De hecho, era tan evidente que nos gustábamos, que lo platicamos en varias ocasiones. El problema era que ella tenía novio, por lo que ninguno de los dos quiso dar un paso hacia delante. Bueno, en realidad, no lo quiso dar ella.

Quedé enganchado y desarrollé un deseo incontrolable que tenía que satisfacer a como diera lugar.Quería que esta mujer fuera mía. Ataqué ambos flancos, el físico y emocional, apelando a detalles y gestos ineludibles así como argumentos sólidos para que cortara con su novio. Tenía a mi favor que su relación no era la más feliz, ni pasaba por su mejor momento, y una de mis estrategias fue tratárselo de demostrar.

A diferencia de mis diversas artimañas, su respuesta siempre fue la misma: no.

Alguna vez le conté el caso a Nati, una de mis más queridas amigas, quien me aclaró mucho el panorama cuando me dijo, “La vida sí es un poco como las películas, para que se dé una relación tienen que conjugarse la persona correcta y el momento correcto”. Sentí que tenía razón y dejé que el asunto respirara, sabiendo que había encontrado a la mujer idónea y ahora tenía que esperar el tiempo perfecto.

Sin embargo, cuando llevé el tema con mi psicoanalista, ésta me respondió con un par de preguntas que no solo me dejaron helado, sino que calaron en lo más hondo de mi mente: “¿Por qué te aferras a un imposible? ¿No preferirías estar con alguien que sí quiera amarte?”.

Tenía razón, en el fondo, sabía que aquella chica nunca iba a ceder y, de igual forma se había convertido en un pasatiempo, tan insignificante como hacer un rompecabezas que, una vez concluido, regresará desmembrado a su caja original.

Aprendí que el amor imposible lleva en su nombre la condena. No solo no se va a concretar, sino que al final son simples pretextos que nos ponemos para no enfrentar la serie de cambios y mejoras que tendríamos que hacer para alcanzar eso que en verdad nos hace falta. Es mucho más fácil vivir dentro de una novela creada por uno mismo, que recorrer nuestro interior, tratando de identificar traumas y laceraciones.

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11.06.2013 15:50 (11.06.2013)
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