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¿Por qué Margaret Thatcher se hizo de tantos enemigos?

Cuando estaba en la Universidad de Cambridge, hace 10 años, hubo una anécdota sobre un profesor de historia que comenzaba su serie de conferencias con este consejo: "Todos sabemos que Margaret Thatcher era malvada, pero no lo pongan en el examen".

La extensión de su juicio —incluyendo la presunción de que todos sus estudiantes pensaban lo mismo— articula la forma en que el legado de Margaret Thatcher divide a Gran Bretaña. Puede que las cosas que hizo hayan sido necesarias, pero la forma en que las hizo dividió en dos al país.

Thatcher fue un personaje paradójico: una conservadora radical. Los conservadores, tradicionalmente, quieren defender el orden social que heredan, pero ella quería hacer añicos el consenso británico de la posguerra y regresar al país a lo que consideraba como su vieja gloria. Cuando se convirtió en primera ministra, en 1979, heredó un país en el cual los servicios públicos fueron nacionalizados, los sindicatos eran todopoderosos y el poder británico estaba en retirada en el extranjero.

Su periodo en el poder demostró ser revolucionario: la tasa máxima de impuesto se redujo del 83% al 40%, las principales industrias y servicios fueron privatizados, los sindicatos fueron reformados y su influencia disminuyó, y exitosamente, Reino Unido liberó a las Islas Falkland de la ocupación argentina. Gran Bretaña debe su actual riqueza y fama mundial a Thatcher, una mujer que vio aceptar el declive como una afrenta inmoral al patriotismo.

Hubo muchos ganadores. A personas como mis padres se les permitió comprar la casa que habían alquilado al gobierno local y así obtuvieron una participación en el mercado inmobiliario. El accionariado (propiedad compartida) floreció y el tamaño de la industria bancaria por primera vez sobrepasó el 100% del PIB. Los ingresos medios aumentaron un 181%. Aspirar a más se puso de moda en una tierra donde a la gente siempre se le ha enseñado que eran definidos por la clase en la que nacieron. Soy muy de los "niños de Thatcher". La educación y el trabajo duro me han dado oportunidades que eran, para mis padres, poco más que un sueño.

Pero también hubo perdedores. Thatcher insistió en que sus políticas estaban a punto de unir al país al darle a la clase obrera una inversión en el capitalismo. Pero también demonizó a sus oponentes y habló de la izquierda organizada como un "enemigo al interior". El conflicto de clases se agravó, ya que algunos consideraron que el gobierno estaba priorizando las necesidades de la clase media del sur del país sobre la clase obrera del norte. Hubo disturbios en las principales ciudades, particularmente entre minorías étnicas, y los mineros del carbón llevaron a Gran Bretaña a una huelga de un año que por momentos fue percibida como una guerra civil.

El conflicto fue impulsado tanto por la personalidad de Margaret Thatcher como por sus políticas. Sospecho que cualquier gobierno que estuviera al frente de Gran Bretaña en la década de 1980 se habría visto obligado a aceptar cierto grado de liberalización económica. Gobiernos de izquierda en Nueva Zelandia y Australia también experimentaron la desregulación, dado que las circunstancias económicas de la época así lo exigían, sin importar el carácter político del gobierno. Lo que hizo único al 'thatcherismo' fue su  fuerte obstinación.

Hubo episodios de compromiso. Thatcher cedió ante una amenaza de huelga del carbón antes de negarse a cooperar con la segunda, y se contuvo de ajustar el estado de bienestar, invirtiendo dinero en el Servicio Nacional de Salud. Sin embargo, el tono de su gobierno fue agresivo. Cuando fue confrontada por los moderados dentro de su propio partido, dijo la famosa frase, "dense la vuelta si quieren. La señora no está para darse vuelta".

Tal ferocidad retórica fue común. Thatcher sobre la política de consenso: "Para mí, el consenso parece ser el proceso de abandonar todas las creencias, principios, valores y políticas. De modo que esto es algo en lo que nadie cree y a lo cual nadie se opone". Sobre la sociedad: "No existe tal cosa como la sociedad. Hay hombres y mujeres individuales, y hay familias".

A menudo se le compara a Thatcher con el presidente Ronald Reagan, y existen similitudes filosóficas. Pero una diferencia clave es que, retóricamente, Reagan siempre trataba de encontrar comunes denominadores entre los estadounidenses y que podía ser querido incluso por aquellos que no estaban de acuerdo con él. Thatcher —quizá debido a la magnitud de los retos a los que se enfrentó— casi siempre dividió.            Actualmente, instantáneamente se puede predecir la definición política de un británico por la cara que pone cuando se menciona el nombre de ella.

Sin embargo, por muy polémico que pudiera ser su legado, su importancia está más allá de toda duda. Thatcher destruyó el socialismo en Gran Bretaña, convirtió los obsoletos servicios públicos en empresas eficaces, quebró el fuerte agarre del sindicalismo militante en la vida cotidiana y devolvió la confianza a Gran Bretaña en el escenario global. La imitación es la forma más sincera de halagar, y el opositor Partido Laborista que tan amargamente luchó contra ella en la década de 1980 robó la mayor parte de sus políticas en la década de 1990, y ganaron tres elecciones como resultado de ello.

El exprimer ministro británico, Tony Blair, del Partido Laborista, dijo al enterarse de la noticia de la muerte de Thatcher: "Siempre pensé que mi trabajo era ampliar algunas de las cosas que había hecho, en lugar de darles marcha atrás".

Y para una generación más joven, sin recuerdos más claros del pasado, ella puede ser admirada como una mujer de origen humilde que derrumbó la barrera del prejuicio de género para transformar a su país. En una época en la que parece que en el Reino Unido somos gobernados por hombres grises que vienen de contextos privilegiados con el hábito de ir en búsqueda de los números en las encuestas en lugar de los sueños, su ambición y entusiasmo verdaderamente se extrañan.

 

 

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