Descripción
Cuento Hondureño de Navidad

Cerca de aquí vivió doña Victoria, una mujer pobre que tenía que mantener a sus seis hijos varones lavando en el río cerca del barrio El Chile. Los muchachos más grandes la ayudaban haciendo mandados ajenos o metiendo leña en las casas.

La Navidad como todos los años transformaban las casas y el comercio. Los cipotes lograron conseguir un árbol de pino de los que traían los campesinos a la ciudad para venderlos, todas las casas olían a Pino. Doña Victoria se sentía triste al ver que sus hijos no podían estrenar ropa debido a su pobreza, y mucho menos tener juguetes como los niños cuyos padres eran unidos, ella era muy devota del sagrado Corazón de Jesús y de los ángeles del cielo, en sus oraciones encomendaba a sus hijos para que tuvieran la protección de Dios y de sus ángeles.

Sagrado Corazón de Jesús somos muy pobres te pedimos que nunca falte la comida en nuestra casita, protege a mis muchachitos, envía tus ángeles para que me los cuiden y los aparten de los malos caminos, gracias Señor por tu bendición de todos los días, amén... El clima estaba frío del cerro El Picacho se desprendía una corriente de aire que calaba los huesos, los seis hermanos se levantaron temprano aquel 24 de diciembre para ir en busca de un trabajo y así comprar todo lo de la cena de Navidad. Se dividieron el territorio donde hacían sus trabajos acordando reunirse a las cinco de la tarde para darle una sorpresa a su mamá. Fue un día duro para todos, pero al final tuvo su recompensa habían logrado reunir entre todos un poco de dinero para comprar la cena y pasarla muy contentos al lado de su querida madre.

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Se sentaron en el suelo a contar las monedas entregando el dinero al hermano mayor, mas no contaban que eran vigilados por tres hombres malvados. Llegaron donde los hermanos en forma violenta, los golpearon a tres de ellos que trataron de evitar el robo, todo fue inútil la fuerza física de los ladrones superó la de los niños. Cuando los miraron alejarse, los más pequeños lloraron no solo por que les quitaron el dinero que con tanto esfuerzo habían ganado, sino porque no podrían alegrar a su mamá.

La tristeza invadió a los cipotes un hombre se les acercó y les dijo: No se apenen niños aquí está su dinero, vi cuando esos hombres les robaban, ellos están a la vuelta de la esquina esperando que se los lleve la policía, yo di aviso a otras personas y entre todos los atrapamos. Los niños aplaudieron y abrazaron al hombre que les devolvió el dinero y la alegría.

El más pequeño limpiándose las lágrimas de su carita dijo: vamos a comprarle la peineta a mamá... viva!!! Mire señor dijo el mayor de los niños hemos trabajado para la cena de Navidad, y para comprarle una peineta de Carey que a ella le gusta a mi mamá. Somos muy pobres, ella lava ropa en el río y así con este frío no deja de hacerlo para poder mantenernos, yo quisiera ser más grande para poderle comprar ropa y juguetes a mis hermanitos... gracias a Dios y a usted recuperamos el pisto.

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El hombre los quedó mirando con ternura, agarró entre sus brazos al más pequeño de apenas seis años, le dio un beso en la frente.

No se preocupen niños, Dios ha visto su corazón, son chicos buenos y trabajadores solo él conoce el corazón del hombre, váyanse en paz... vamos a comprar dijo el mayor de los muchachos... será una gran sorpresa para mamá... cuando la señora llegó a su casa se llevó la gran sorpresa de su vida, un pollo para la cena y un pequeño regalito que ella valoró en miles de lempiras, era la peineta que había soñado.

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Todos abrazaron y besaron a la mamá después de la cena se acostaron a dormir. Al día siguiente, la abnegada madre despertó a sus hijos: Niños... niños, despierten!!!, santo cielo, no pudo seguir, las lágrimas bañaron su rostro. En medio de la pequeña habitación habían triciclos, bicicletas, carros de cuerda, manzanas, uvas, y varios regalos donde había ropa a la medida de cada uno de los niños. Una fuerte luz iluminó por unos segundos al grupo familiar, la madre cayó de rodillas y le dio gracias a Dios y a los ángeles del cielo, estaba segura que Dios jamás se olvida de los pobres. La felicidad llegó a aquel hogar de manera milagrosa y cuentan que aquellos niños se convirtieron en distinguidos profesionales, que tuvieron a su anciana madre como una reina hasta que Dios la llamó... Si tienes fe aunque sea del tamaño de una semilla de mostaza los milagros llegarán a tu vida.

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12.24.2013 10:45 (12.24.2013)
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