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Cómo ser feminista

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Sofía tenía 27 años cuando la conocí. Chaparrita, delgada y con unos ojos y una boca enormes, era imposible no ponerle atención en cuanto comenzaba a hablar sobre política, Bakunin y la huelga universitaria de 1999. Mechones de cabello color rosa y anaranjado terminaban de enmarcar su rostro, otorgándole los toques que en apariencia la ubicaban en ese sector curioso y casi desconocido hasta el verano pasado, que es la población activista. 

Conocerla fue un verdadero hallazgo: hasta entonces las únicas figuras femeninas que me inspiraban habían fallecido por lo menos una década atrás.

​Después de la primera impresión, que fue festejada recíprocamente, nos tomamos un té para profundizar sobre nuestras vidas e intereses en común. Todo parecía ir bien; pasábamos tiempo juntas, compartíamos discusiones teóricas e incluso surgió la posibilidad de que yo saliera con uno de sus novios. Pero cuando empecé a salir con El mar y volví a darle tiempo a mis amistades menos politizadas (que siempre son etapas que vienen y van) las cosas empezaron a cambiar.

Yo voy por la vida con la bandera de “mujer liberada y subversiva”, pero es evidente que en mi corazoncito, y sobre todo en mi mp3, pululan canciones en francés y colores pasteles muysha-la-lá. Todo mi episodio de hippie mega radical me enseñó muchas cosas, pero más aún, me enseñó que para ser realmente liberal no tenía que vestirme como sesentera, dejar de bañarme o repudiar el maquillaje si no era lo que realmente quería.

Esa época fue mi peor en cuanto a imagen se refiere, y eso no necesariamente significaba que me estaba liberando de las expectativas sociales, sino que sólo estaba cambiando de paradigmas, de  reglas a seguir. No me hizo más revolucionaria o de izquierda, sólo fácilmente ubicable en una “tribu urbana”. ¡Semejante escándalo habría suscitado que me presentara en un mitin con las uñas pintadas y algo de lipstick!

Las chicas activistas que conocí llevaban todas el uniforme que alguna vez yo usé: pantalones de mezclilla, blusita artesanal y huaraches cafés. De alguna buena manera se compara con el que usan todas las chicas intelectuales de izquierda, o fresas, o skaters… El punto es que cuando Sofía me dijo asombrada que ella pensaba que era “hippie”, pero que me había estando vistiendo “fresa” y que en ese momento parecía más “intelectual”, me sorprendí mucho. Nunca me había pensado como una “algo o nada” hasta ese momento, no había querido demostrar mi filiación filosófica o política en mi vestuario, pero lo había hecho y ahora parecía incongruente pintándome los labios y usando cremitas para tez grasa de día y noche.

Sí, todas esas especificaciones son una estrategia del mercado para aprovecharse de nuestras inseguridades, inseguridades que el mismo mercado crea; pero, ¿de verdad hay alguien que sin un cambio real en todo el mundo se pueda librar de él? A mí me suena pretencioso, al igual que quienes se dan a conocer sólo por su dinero o por su inteligencia, como si así valieran más en el mercado de las relaciones humanas. A mí me va bien pintarme cuando me dan ganas y no sentir que tengo que hacer penitencia por eso, también me va sentir que es una de las tantas cosas que quiero hacer para cuidarme, porque es algo que no me sale tan fácil como a las princesitas de Las Lomas. Las personas más humanas y liberales que he conocido saben de tolerancia, de solidaridad, de luchar contra el miedo y la injusticia, y no realizan discriminaciones banales. A veces a esos puristas son a los que más les preocupa la imagen que a quienes nos dejamos llevar, sólo un poco, por el mainstream.

Finalmente, si soy feminista quiere decir que tengo que ser… ¿qué? o ¿cómo quién? ¿con quién tengo que presentar examen de admisión al club? Pienso que Simone de Beauvoir  no necesitaba de las dichosas cremitas, era muy bonita, y eso tampoco la hizo más o menos comprometida. Y en controversia con la máxima Beauvoiriana, que exista una idea comercial de lo que es ser mujer no quiere decir que no exista algo femenino, algo que podamos decir propio, sororario. Me gusta pensar que tengo unas cosas en común con Sofía y otras distintas con El mar, y que eso no es mejor o peor, sólo es. 

Fuente:terra.com.mx

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SuperTigeroLIVH
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