Descripción
El manatí de Florida en Kings Bay

Un cartel de bienvenida como el que hay en las afueras de Crystal River no se ve todos los días: «Información sobre manatíes: sintonice la frecuencia 1610 AM». Y tampoco hay muchas ciudades que delante del ayuntamiento tengan una estatua de un mamífero marino amenazado pintada de rojo, blanco y azul, los colores de la bandera de Estados Unidos.

Si uno pregunta dónde se pueden ver a esas celebridades acuáticas, descubrirá que hay una veintena de centros de buceo que ofrecen excursiones por Kings Bay con snorkel incluido. Otra posibilidad es alquilar un kayak y llegar remando hasta uno de los manantiales de agua templada donde se reúnen los manatíes en invierno. Y también, si uno prefiere observarlos desde tierra firme, puede ir al canal que hay al oeste de Three Sisters Springs.

Una vez allí, solo hay que esperar unos minutos para ver a los primeros manatíes deambulando cual pálidos fantasmas por las aguas verde jade del canal. Nadan solos, o con una sola cría, y alguna que otra vez en grupos de tres o cuatro. También hay un constante ir y venir de gente.

«Son como enormes barriles oxidados flotando en el agua», dice un hombre.

«¡Vaya, pues a mí no me recuerdan a nada en particular!», exclama una mujer, y no le falta razón. Las amorfas figuras grises que pasan bajo el puente nunca ganarán un concurso de belleza faunística. El único color que se aprecia es el rosa de las cicatrices producidas por las hélices.

«No hay sitio para los manatíes –afirma otro hombre, haciendo referencia al tráfico de embarcaciones que comparten este estrecho canal con los animales–. No hay nada que hacer.» Mueve la cabeza con consternación, y añade: «Los lugares se masifican, y a la gente le da igual».

No señor. En esa última afirmación se equivoca. La gente tiene opiniones muy firmes acerca de los manatíes de Kings Bay. Solo hay que ver los carteles que hay por toda la ciudad, los que dicen «Salvemos Crystal River» y «Librémonos del Servicio de Pesca y Vida Salvaje». Por aquí, los manatíes interesan a la gente más de lo que se pueda imaginar.

El Refugio Nacional de Vida Salvaje de Crystal River gestiona una parte considerable de Kings Bay, un lago de 240 hectáreas que vierte sus aguas en el golfo de México, 105 kilómetros al norte de Tampa. La ciudad de Crystal River linda con el refugio, o podríamos decir que lo abraza, geográficamente hablando, aunque no siempre en sentido figurado. No en vano, en ocasiones algunos residentes han visto en el director del refugio, Michael Lusk, la encarnación del mal.

A su llegada a Crystal River en 2009, Lusk se topó con un cúmulo de posiciones enfrentadas: la normativa gubernamental frente a la libertad individual, el acceso público frente a la propiedad privada, el cambio frente a la tradición, el idealismo frente al dinero. Y si bien los conflictos locales reflejaban cuestiones de ámbito nacional, su causa era excepcional, y excepcionalmente irónica: el manatí, una criatura con la agresividad de un oso de peluche.

Con un peso que puede llegar a superar los 500 kilos, el manatí norteamericano parece una especie de delfín regordete o de ballena pequeña, aunque no está emparentado con ninguno de los dos (de hecho, comparte un antepasado común con los elefantes). Los manatíes carecen de la capa de grasa que permite a las ballenas soportar el frío; en aguas que estén por debajo de los 20 °C, se debilitan y mueren. La subespecie que vive en Estados Unidos es el manatí de Florida, cuya población está diseminada por las áreas costeras del Atlántico y el golfo de México; en invierno, cuando baja la temperatura del mar, se reúnen en manantiales naturales tierra adentro o en otras fuentes de calor, como las tuberías de descarga de las centrales eléctricas.

En Kings Bay los manatíes cuentan con un refugio invernal casi perfecto. Decenas de surgencias repartidas por la bahía bombean agua dulce a una temperatura constante de 22 °C durante todo el año. El área de Kings Bay es tan propicia para estos animales que la población invernal ha pasado de unos 30 individuos en la década de 1960 a más de 600 en la actualidad, reflejo del aumento de la especie en toda Florida, que ha alcanzado los 5.000 ejemplares aproximadamente. Un día cualquiera entre noviembre y marzo, los residentes de Crystal River pueden salir de sus casas y ver, literalmente, decenas de manatíes nadando, holgazaneando y durmiendo por los canales de la ciudad, como perros perezosos hechos un ovillo sobre el césped.

«En el fondo es una especie salvaje urbanizada que vive en el patio trasero de nuestra casa, a 15 metros de donde dormimos –dice el biólogo del Servicio Geológico de Estados Unidos Ro­­bert Bonde–. Son tan salvajes como los elefantes en libertad, pero aquí están.»

Esta cercanía ha hecho de Crystal River la capital de los manatíes de Estados Unidos, un título que se ve confirmado por otra circunstancia única. En ningún otro sitio se invita a la gente a entrar en el agua y nadar con los manatíes: acercarse a ellos, interactuar e incluso tocarlos. Semejante grado de intimidad con un animal salvaje amenazado y protegido por las leyes federales no se habría permitido de haberse propuesto hoy, pero hace mucho que esta actividad, anterior a la Ley de Especies Amenazadas de 1973 y a la creación del refugio 10 años después, constituye un atractivo turístico en Crystal River.

El programa «nadar con manatíes» es solo una más de las cuestiones que enfrentan a conservacionistas, propietarios de tierras y de em­­barcaciones, políticos y turoperadores en lo que respecta al futuro de Kings Bay. Y el Servicio de Pesca y Vida Salvaje de Estados Unidos, que supervisa el sistema de refugios nacionales de vida salvaje y controla la población de manatíes, está en medio, tratando de mantener la paz.

«Hay muchos temas relacionados con la fauna que son igual de polémicos –apunta Michael Lusk–, pero las emociones que despiertan estos animales son asombrosas.»

Un típico fin de semana de invierno Three Sisters Springs no tiene el aspecto de un refugio de vida salvaje. Barcos recreativos, lanchas, kayaks y gente nadando se agolpan en el estrecho canal colindante. Esa gente es por lo general todo lo respetuosa y contenida que se puede ser cuando uno ve pasar constantemente por su lado animales de media tonelada. Los capitanes de los barcos turísticos han aleccionado a sus clientes: no moleste a los manatíes que están descansando; no les corte el paso cuando se van de la zona acordonada donde la gente tiene prohibido el acceso. Pero los niños chillan, y los adultos… Bueno, a veces los adultos no solo chillan.

Mike Birns organiza visitas a Three Sisters y otros puntos de avistamiento de manatíes de Kings Bay. «Eso es algo que suele suceder en mis excursiones –asegura–. Siempre hay algún turista que vuelve al barco gritando: “¡Oh, ha sido genial! ¡Lo he tenido pegado a la cara!”, y que se siente tan embargado por la emoción que está deseando ponerse a salvar manatíes. Para mucha gente, es una experiencia espiritual.»

Los defensores de los manatíes coinciden en que muchas de las más de 150.000 personas que acuden cada año a Crystal River para nadar con estas criaturas (o hacer kayak por encima de ellas) se van de aquí sintiendo un fuerte aprecio por ellas; eso sí, esto no significa que todos ellos se abstengan de tener algún comportamiento inadecuado con estos apacibles animales. En 2006 la activista local Tracy Colson empezó a grabar vídeos de maltrato a los manatíes: gente cabalgándolos y guías quitando las crías a las madres para que las cogieran los turistas. Los vídeos que colgó en YouTube escandalizaron a los amantes de los manatíes y ayudaron a establecer unas pautas de interacción más estrictas.

Patrick Rose, biólogo acuático y director ejecutivo del influyente Save the Manatee Club, apoya, aunque con reticencias, el programa «nadar con manatíes», pero cree que hay que introducir cambios. «La mayoría de los manatíes no quiere saber nada de la gente –dice–. Buscan lugares tranquilos para descansar, sobre todo los días y las noches de invierno, cuando su gran prioridad es mantenerse calientes.»

Rose cree que en Crystal River se da una situación de acoso a estos apacibles herbívoros, «una violación directa tanto de la Ley de Protección de Mamíferos Marinos como de la Ley de Especies Amenazadas». Y propugna el establecimiento de normas más estrictas que exijan a los nadadores detenerse a unos dos metros de distancia de los animales, que de este modo serán así libres de interactuar o no con las personas. «La mayoría de los centros de buceo intentan hacer un buen trabajo –dice Rose–. Si están dispuestos a actuar con responsabilidad y proteger el privilegio del que gozan aquí, perfecto. Si no, el programa “nadar con manatíes” debería desaparecer.»

Tracy Colson está de acuerdo. «No se debería poder acariciarlos ni tocarlos –afirma–. Para eso están los perros. Los manatíes son animales salvajes. Dejemos que sigan siéndolo.»

Este tema también afecta, y mucho, al bolsillo. Las estimaciones sobre el impacto económico local del turismo relacionado con los manatíes oscilan entre los 20 y los 30 millones de dólares al año. Algunos propietarios de centros de buceo aseguran que perderían negocios muy beneficio­­sos si sus clientes no pudieran volver a casa y decir a sus amigos: «Toqué un manatí». Conscientes de que su fuente de ingresos podría peligrar,

16 turoperadores constituyeron en 2011 la Manatee EcoTourism Association (META), una asociación que trabaja con el refugio de vida salvaje y el Save the Manatee Club para hallar un equilibrio entre el acceso a los animales y la protección de los mismos. Con Mike Birns como pre­­sidente, la META ha adoptado voluntariamente una serie de normas para la interacción entre humanos y manatíes que a veces es incluso más estricta de lo que exige la legislación federal.

Pese a las discusiones generadas en torno al hecho de nadar con manatíes, esta no es la cuestión más controvertida en Crystal River. Las acusaciones y los insultos que han dividido a la comunidad derivan en gran parte del debate acerca de dónde puede la gente conducir sus embarcaciones, y a qué velocidad.

Como mamíferos que son, los manatíes necesitan aire para respirar, por lo que pasan mucho tiempo cerca de la superficie, donde son vulnerables a las embarcaciones. Y como cada vez hay más ejemplares en Kings Bay durante todo el año, en 2012 el Servicio de Pesca y Vida Salvaje de Estados Unidos endureció las restricciones en la zona deportiva de gran velocidad, reduciendo su tamaño y rebajando el límite de velocidad de 55 a 40 kilómetros por hora en verano. Para los residentes que ya estaban contrariados con los límites impuestos al modo en que pueden utilizar la bahía, estas regulaciones forman parte de un plan más amplio de los conservacionistas, que ven en la creciente población de manatíes de Florida una oportunidad para establecer más refugios y restringir todavía más no solo la navegación sino también el desarrollo económico y los derechos de propiedad privada. «Lo que quieren es convertir toda la bahía en un refugio», sostiene Lisa Moore, una residente.

La idea de que los vecinos de Crystal River están siendo castigados a pesar de su exitosa ges­tión de los manatíes ha exacerbado su enfado. «No creo que ninguno de nosotros niegue que a los manatíes les ha ido muy bien –dice Michael Lusk–. Pero eso es una evidencia de que han sido protegidos. Decir que ya no necesitan protección es como decir que nuestra ciudad está creciendo y ya no necesitamos más regulaciones de tráfico ni más normativas sanitarias.»

Otro asunto polémico para Crystal River se dibuja en un horizonte no muy lejano. Aunque los barcos turísticos llevan a los buceadores a varios puntos de Kings Bay, el estrecho canal que bordea Three Sisters Springs es, con diferencia, el lugar más frecuentado. A veces en esta zona se agolpan más de 200 manatíes que intentan descansar y mantenerse calientes mientras los rodean decenas de kayaks y un montón de personas nadando, y 20 barcos turísticos o más permanecen anclados en el canal.

«Lo que oigo decir a los diferentes grupos (el Save the Manatee Club, el Ayuntamiento, los vecinos, los kayakistas, los buceadores) es que tenemos que gestionar el acceso a Three Sisters Springs cuando está lleno de manatíes –explica Lusk–. Porque esa situación acaba siendo desagradable no solo para los animales sino también para la gente.»

Pero eso es más fácil decirlo que hacerlo. Las cuestiones legales relativas al acceso a las vías acuáticas y los asuntos relacionados con la justa asignación de los derechos de visita complican las cosas, y sin duda algunos centros de buceo y otros negocios locales protestarían enérgicamente ante todo lo que pudiera poner un límite al número de turistas. Como si el sistema de cuotas no fuera suficientemente polémico, Pat Rose, de Save the Manatee Club, propugna la conversión de Three Sisters en un auténtico santuario para los manatíes, donde los buceadores y los kayaks quedarían fuera del agua y solo se permitiría la observación desde un paseo que bordearía los manantiales. Si dicha propuesta llegara a plantearse seriamente, podría hacer que la lucha sobre los límites de velocidad en Kings Bay pareciera una nimiedad.

Entre tanto, las revistas de viajes y los programas de televisión siguen publicitando la oportunidad de nadar con manatíes en Kings Bay, alimentando la imaginación de la gente y su deseo de vivir la experiencia «única en la vida» de estar en contacto con estas criaturas. «No hay ningún lugar como Kings Bay –afirma Michael Lusk–. Y es precisamente esa excepcionalidad la que provocará un agravamiento de los conflictos a medida que acuda más y más gente. Me gustaría encontrar un lugar en el que pudiéramos permitir que la gente interactuara con los manatíes y viviera esa experiencia única, pero de un modo en que los animales estuvieran protegidos y a salvo. Yo creo que podemos encontrarlo.»

Mike Birns ha escuchado palabras airadas en muchas reuniones, pero también ha visto a grupos opuestos unirse para alcanzar un compromiso. «Los manatíes nos han obligado a examinar nuestro modo de gobernarnos», dice.

Así las cosas, uno se enfunda en un traje de neopreno, se pone unas gafas de buceo y va entrando poco a poco en el canal de Three Sisters Springs. Al meter la cabeza, el agua amortigua el sonido de las risas y conversaciones de la gente. Te aproximas chapoteando al santuario acordonado y te detienes para observar a decenas de enormes figuras grises descansando cerca del fondo, a remojo entre las aguas del manantial que brota de la tierra, entrando en calor antes de volver a la bahía en busca de comida.

Un manatí se gira hacia ti, pesado y grácil a la vez, y se acerca, deteniéndose cuando su cara está a unos centímetros de tus gafas de buceo. Lo que viene después, piensas, es mutua contemplación.

¿Son feos los manatíes? La belleza está en el interior, dicen, y el interior de un manatí es muy especial. Sus grandes y densos huesos le proporcionan flotabilidad neutra en el agua; la evolución no reparó en el hecho de que esos huesos lo harían más proclive a morir por culpa de las colisiones con embarcaciones. Su cara insulsa y arrugada es, sin embargo, tan sensible y musculosa como una lengua humana, perfectamente adaptada para que se alimente de hierbas acuáticas. ¿Y esos extraños pelos de la cara? Son vibrisas, como las de los perros y los gatos, conectadas a unos sensores que transmiten el menor impulso táctil al cerebro. Los perros y los gatos tienen unas 50 vibrisas en la cara; un manatí tiene 600.

No es culpa del manatí el haber evolucionado en un entorno con comida abundante y sin depredadores, circunstancias que hicieron que se volviese incauto y vulnerable, de modo que su supervivencia depende de nuestra consideración hacia él, de nuestra voluntad de compartir este abarrotado planeta.

El tiempo de contemplación ha terminado. El manatí pasa nadando a tu lado y te giras para observar cómo desaparece lentamente. Es el mundo de los manatíes, y tú solo estás de visita.

 

 

Fuente:nationalgeographic.com

 

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