Descripción
Volcanes y Playas

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En la cima del volcán Irazú la mirada se deslumbra con un paisaje lunar, recorre las áridas laderas de roca gris y luego desciende por la lava seca hasta una laguna que, dependiendo de la luz y de los gases volcánicos, se tiñe de un color que varía entre el verde y el amarillo fluorescente. El Parque Nacional Irazú se encuentra a 30 kilómetros de San José, la capital costarricense, y se extiende en torno al más alto de los 112 volcanes del país. Su imponente silueta de 3.432 metros se despliega en una cúspide con cuatro cráteres y una terraza pétrea; en días despejados, desde el cráter principal se pueden observar los océanos Atlántico y Pacífico.

El Irazú es el punto de partida para una travesía por cumbres volcánicas, inexplorados bosques primarios y cálidas playas en donde anida el singular sabor de la comida y la cultura caribeña. Este pequeño país centroamericano, que tiene 51.100 km2 repartidos en un estrecho territorio, soporta el embate de los dos grandes océanos –separados aquí por apenas 119 kilómetros– y es uno de los dos sitios del continente que permiten bañarse en las cálidas aguas del Atlántico por la mañana y, unas horas después, ver el sol apagarse sobre el Pacífico.

Tierras de café

La región del Irazú es una zona cargada de sorpresas y de historias. Unos 70 kilómetros al sudoeste se encuentra Santa María de Dota, un paraíso agrícola en donde se produce una de las variedades de café gourmet más caras del mundo. El pasado julio, tres empresas japonesas pagaron en una subasta de Tokio hasta 98 dólares por un kilo del café cosechado en las microfincas familiares que cultivan el llamado «café de altura», cosechado entre los 1.400 y los 1.800 metros de altitud. Dota es un pueblo austero, luminoso y limpio que se localiza en la denominada área de Los Santos, una zona muy poco conocida por el turismo, con valles tapizados de cafetales y aldeas concentradas alrededor de la iglesia que les da nombre. El espacio urbano presenta la típica división española: una amplia calle principal que fluye hacia la plaza, que a su vez está rodeada por la iglesia y el banco.

Aquí el tiempo parece haberse detenido hace décadas. No existen las grandes haciendas cafetaleras, la gente es sencilla, conservadora y con un fuerte sentimiento de tradición costarricense. A mediados del siglo XX, José Figueres Ferrer, un agricultor de Santa María de Dota, se alzó en armas contra un fraude electoral, libró una breve guerra civil y finalmente, tras pactar un acuerdo con el partido comunista y la Iglesia católica, se proclamó presidente de la República, abolió el ejército y convirtió a Costa Rica en el primer país del mundo sin fuerzas armadas.

La región de Los Santos, por su proximidad al Parque Nacional de Tapantí y Macizo de la Muerte y a la Reserva Biológica de Savegre, es un buen lugar para observar el quetzal, una de las especies de aves más vistosas de las que pueblan Costa Rica. Su plumaje verde y escarlata centellea entre la espesura de los helechos y las higueras silvestres, como una demostración del carácter sagrado que le atribuían los antiguos mayas. A medio camino entre Los Santos y el parque de Irazú aparece el valle de Orosi, un desfiladero delimitado al norte por el lago represado de Cachí y al sur por la cordillera de Talamanca. Los cafetos o arbustos del café dominan el paisaje que envuelve las poblaciones coloniales de la zona.

Aquí se erigen las iglesias más antiguas de Costa Rica: las ruinas de Nuestra Señora de la Limpia Concepción, que datan de 1693 y se hallan en la aldea de Ujarrás, a orillas del lago Cachí; y la parroquia encalada de San José, construida por los franciscanos entre 1743 y 1766 en el pueblo de Orosi. Esta última localidad es célebre, además, por sus piscinas termales que recogen las aguas calientes que manan de las colinas cercanas.

Parque del Volcán Poás

El siguiente objetivo del viaje es tomar rumbo norte siguiendo la línea de cumbres de la Cordillera Volcánica Central hasta el Parque Nacional del Volcán Poás, a 41 kilómetros de la capital costarricense. Esta reserva forma parte de la red de 28 parques nacionales y áreas silvestres protegidas de Costa Rica, que ocupan más del 20% del territorio y en donde se atesora el 5% de la diversidad biológica del planeta. Con 2.708 metros de altitud, el Poás alberga en su cráter principal una laguna de color verde esmeralda, cuyas aguas alcanzan los 500 C y están saturadas de ácido sulfúrico. Aquí el trópico se revela en su vasta intensidad. Alrededor de la boca del cráter, que mide 1,7 kilómetros de diámetro, se derrama un bosque repleto de colibríes, quetzales, tucancillos verdes, gatos de monte y una variedad del cerdo salvaje llamada saíno.

En la ladera este los senderos recorren una espesura poblada de robles, azahares de monte y cipreses blancos, recubiertos por líquenes y musgos. En este sector, aunque un poco más al norte, las cinco cascadas de La Paz vierten sus aguas en medio de una selva impregnada de gotas pulverizadas. Un sistema de escaleras de madera y pasarelas metálicas se acerca hasta casi tocar esas blancas cortinas de agua.

Antes de continuar la ruta por los volcanes de la Cordillera Central conviene detenerse en la ciudad de Alajuela, con su ajetreo comercial y su plaza mayor sombreada por mangos, y después dedicar tranquilamente una tarde al pueblo de Sarchí. Las tiendas y talleres de esta localidad son el mejor lugar del país para adquirir artesanía de madera y, en especial, miniaturas de las carretas decoradas con dibujos geométricos y florales que antiguamente cargaban el café recolectado en las plantaciones de la zona. Aún existen varios talleres que fabrican carretas a tamaño natural para decorar jardines y granjas.

La población de La Fortuna, donde el cono del volcán Arenal es una presencia constante, queda a una hora y media en coche de Sarchí. Como la mayoría de los volcanes, el Arenal es un gigante tímido, que se pasa la mayor parte del tiempo oculto bajo un espeso manto de nubes. Se eleva hasta los 1.670 metros de altitud y tiene cuatro cráteres que se han mantenido activos durante los últimos 45 años. La distancia prudente que mantiene el poblado de La Fortuna permite apreciar el espectáculo nocturno de las coladas de lava ardiente que descienden por las laderas del volcán.

A diferencia de otros volcanes del país, el Arenal se mantuvo en silencio durante 500 años, hasta el punto que se lo consideró extinto y se lo llamó cerro Arenal. En julio de 1968 su humor volcánico despertó, la presión interna abrió tres nuevos cráteres y arrasó los poblados de Tabacón y Pueblo Nuevo. Cuarenta años después, Tabacón se ha transformado en un centro balneario con múltiples piscinas que aprovechan las aguas termales que manan del volcán, a una temperatura de entre 37 y 390 C.

La Fortuna es un pueblo próspero y dedicado al turismo, emplazado a pocos kilómetros de la laguna del Arenal. Aquí es posible degustar los clásicos «casados ticos», que cobijan en un mismo plato carne de res con cebolla, arroz blanco, frijoles negros, plátano frito, yuca y ensalada, y que se sirven con un «fresco» de piña o de papaya en agua, un zumo que lleva azúcar, limón y canela.

Bajando desde La Fortuna por una estrecha carretera que se escurre entre las montañas y atraviesa la llanura de San Carlos, se llega al borde sudeste del Parque Nacional Braulio Carrillo. Allí se descubre la magnitud de un bosque que no ha sido nunca intervenido por el hombre –estas zonas reciben la denominación de «bosque primario»– y se hace evidente que la lengua castellana carece de los matices necesarios para reflejar las infinitas variaciones del color verde.

El bosque más puro

Localizado a 24 kilómetros de San José, el Parque Nacional Braulio Carrillo es una nave biológica de 47.586 hectáreas que protege un complejo ecosistema con cinco clases de bosque intacto. Alberga más de 6.000 especies vegetales, 515 especies de aves y una enorme variedad de mamíferos, entre los que se incluyen jaguares, pumas, osos hormigueros, saínos, monos y tepezcuintles, uno de los mayores roedores del continente. En el extremo norte de la reserva, fuera ya de sus linderos, se halla la Estación Biológica La Selva, un proyecto privado de 3.000 hectáreas en donde más de 300 investigadores estudian la migración de las especies y el impacto del calentamiento global sobre las criaturas más sensibles, como la pequeña rana roja y azul (Oophaga pumilio). El Braulio Carrillo y la estación La Selva son como un gigantesco laboratorio vivo, pues constituyen el último corredor biológico de bosque original que sobrevive en Centroamérica.

La segunda parte de este viaje a través de Costa Rica discurre por las costas del Caribe, a algo más de una hora en coche desde el parque Braulio Carrillo o a 30 minutos en avioneta desde San José. Puerto Limón es la ciudad mejor conectada de la zona y el punto de partida para alcanzar el Parque Nacional Tortuguero, a cuatro horas en lancha. Durante la ruta, envueltos por un bosque lluvioso en cuyas ramas se posan tucanes y oropéndolas, los viajeros remontan un universo de canales, lagunas y ríos con playas arenosas en las que dormitan los caimanes. El canal de Tortuguero, que fue construido entre 1966 y 1974, discurre paralelo a la costa atlántica y constituye en la actualidad la única vía de acceso al parque nacional.

Un edén para tortugas

Ubicado en el extremo norte del país y recostado sobre la costa del océano Atlántico, el parque de Tortuguero abarca un área de 31.187 hectáreas terrestres y 52.000 marinas. Es el hogar de especies en peligro de extinción como el manatí y el pez gaspar, pero es conocido sobre todo como el lugar donde cuatro especies de tortuga (baula, carey, verde y caguama) vienen a enterrar sus huevos cada año, entre los meses de julio y octubre.

Esta frondosa región es la zona más húmeda del país, con una precipitación de 6.000 mm de lluvia al año y donde mantenerse seco podría decirse que resulta una utopía. Durante los años 1980 su densa selva albergó los campamentos de la Contra, aquella guerrilla liderada por Edén Pastora que luchó contra el régimen sandinista.

Limón es hoy el principal puerto del país y también la vía de ingreso del combustible y de casi todas las mercancías que llegan a Costa Rica. Esta importancia estratégica, sin embargo, no se aprovechó hasta finales del siglo XIX, con la construcción de una línea de tren que sacó a la región de su aislamiento y la conectó con la capital –se renovó y reabrió para pasajeros en 2009–. El tendido de la vía férrea fue realizado en su mayoría por inmigrantes jamaicanos, africanos negros y chinos que, unidos a los indígenas locales, dieron origen a una identidad mestiza que es radicalmente diferente a la del resto de Costa Rica.

La cultura de Limón es de raíz africana y muchos limonenses hablan inglés y mekateliu –dialecto que fusiona inglés, francés y castellano–, y comen platillos caribeños como el rice and beans y el plantintá, unas empanadas dulces de plátano maduro y coco. Uno de los mejores lugares para probar esa cocina mestiza es el Black Star Line, un edificio construido con la madera de un barco que no llegó nunca a ser fletado y que, a principios del siglo XX, pretendía devolver a África a todos los descendientes de africanos que vivían en América.

El Caribe costarricense despliega una amplia zona de playas y arrecifes de coral al sur de Puerto Limón. El Parque Nacional de Cahuita (1.067 ha terrestres, 600 de arrecife y 22.400 marinas) es la reserva que mayor diversidad de paisajes posee. Bucear entre sus corales, pasear sobre arenas blancas o negras, y dejar pasar las horas en el pueblo de Cahuita, con su ambiente afrocaribeño y sus casas alzadas sobre pilotes, es el mejor de los finales a un viaje por Costa Rica.

 

 

Fuente:nationalgeographic.com

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SuperTigeroLIVH
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05.14.2013 13:35 (05.14.2013)
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